La nueva normalidad del comercio internacional

Las políticas proteccionistas han ganado atención y permanecerán en el radar por motivos que incluyen la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, el avance de gobiernos populistas, y el supuesto aumento de desigualdad generado por la globalización.

La expansión del comercio mundial se ha frenado en los últimos años tras un largo período de exuberancia. Cabe preguntarse cómo evolucionarán los flujos comerciales en la próxima década, tomando en cuenta tendencias recientes, como la pandemia y las políticas de lucha contra el cambio climático, así como factores de carácter económico, geopolítico y tecnológico.

Las exportaciones e importaciones mundiales aumentaron de forma continua desde alrededor del 10% del Producto Interno Bruto (PIB) global al final de la Segunda Guerra Mundial hasta aproximadamente el 60% antes de la crisis financiera de 2008. Esta expansión fue posible gracias a la promoción del libre comercio como política clave para el desarrollo económico, la incorporación de China a los mercados globales, y el constante avance tecnológico, que permitió la reducción de los costes de transporte y comunicación; así como la fragmentación de los procesos productivos y el ascenso de las cadenas globales de valor.

Sin embargo, el contexto global ha cambiado drásticamente y lo más probable es que a lo largo de la próxima década el comercio internacional no vuelva a exhibir el dinamismo al que estábamos acostumbrados.

Las políticas proteccionistas han ganado protagonismo últimamente y permanecerán en el radar por motivos que incluyen la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, el avance de gobiernos populistas, y el supuesto aumento de desigualdad generado por la globalización.

El proceso de desarrollo de China (y de otras economías emergentes) tendrá repercusiones económicas más allá de geopolíticas. Por un lado, aumentará la demanda por una serie de bienes y servicios, sobre todo los de “lujo” (como el turismo), aunque probablemente a un menor ritmo que en las décadas anteriores ya que su crecimiento se ralentizará y estará más concentrado en su mercado interno. Por otro lado, producirá un aumento de los salarios y de los costes de producción, reduciendo así las ventajas competitivas respecto a los países desarrollados y, por lo tanto, los incentivos al comercio.

La tecnología es otro factor que seguirá afectando a la evolución de los flujos comerciales. Es posible que la digitalización tenga un efecto positivo en el comercio, principalmente en el de servicios de mayor valor añadido. El Internet de las Cosas (IoT), el Big Data, el comercio digital, entre otras innovaciones, pueden disminuir costes y facilitar una mejor gobernanza de las cadenas globales de valor. Sin embargo, el efecto de las nuevas tecnologías no va a ser necesariamente positivo, al menos no tanto como en las décadas anteriores. El creciente uso de robots y de impresoras 3D, por ejemplo, podría reducir las ventajas competitivas en la producción de manufacturas por parte de los países con mano de obra abundante y favorecer una menor fragmentación del proceso productivo, con efectos negativos en las cadenas globales de valor y el comercio transfronterizo.

Aunque la pandemia no genere cambios definitivos en las preferencias sociales, parece difícil que no acabe afianzando estrategias nacionales de autosuficiencia, con el objetivo de reducir la dependencia de insumos estratégicos importados (no solo sanitarios, también tecnológicos, alimentarios...). La mayor seguridad estratégica tendría un coste económico y un impacto negativo en los flujos comerciales.

Asimismo, la necesidad de adoptar políticas para garantizar la sostenibilidad ambiental posiblemente creará nuevos costes a los sectores más contaminantes (el minero, el petrolero, el químico...), y nuevas barreras a las exportaciones, como los mecanismos de ajuste de carbono en la frontera; principalmente si las nuevas medidas verdes no se aplican de manera homogénea en todos los países. Además, el calentamiento global vendrá acompañado de un cambio en los patrones climáticos, con efectos importantes en el comercio de productos intensivos en capital natural (agrícolas, mineros...) y más vulnerables a desastres ambientales (como el turismo).

En general, el comercio de productos manufacturados de alto contenido tecnológico (automóviles, electrónicos, maquinaria...) será previsiblemente el más afectado, mientras que las exportaciones de servicios de mayor valor añadido, incluyendo los tecnológicos y financieros, pueden salir beneficiadas del nuevo contexto global, al menos si las barreras regulatorias no resultan excesivas.

En definitiva, a pesar de las expectativas desfavorables, o precisamente por el riesgo que representan, es necesaria una nueva y coordinada apuesta global por el comercio internacional de bienes y servicios que evite el indeseable, pero probable, escenario de desglobalización.

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